Un 18 de noviembre de 1901 hubo una redada en una fiesta privada en la colonia Tabacalera de la Ciudad de México. El evento trascendería como “el baile de los 41”, fiesta donde fueron encontrados 41 hombres, varios de ellos vestidos de mujeres. Corría el régimen de Porfirio Díaz y el evento sería un escándalo social, mediático y hasta político. Lo que se cuenta es que en la fiesta no había 41 caballeros sino 42: uno de ellos habría sido Ignacio de la Torre, yerno de Don Porfirio, cosa que lo habría salvado de ser apresado como el resto de los asistentes.

El baile de los 41 es la película dirigida por David Pablos, producida por Pablo Cruz y escrita por Mónika Revilla. En la cinta, Alfonso Herrera hace el papel de Ignacio de la Torre, el yerno de Porfirio Díaz y epicentro del escándalo, en boca de todos durante el porfiriato. De la Torre se casó con la hija predilecta de Díaz, Amada, con quien tuvo una relación tortuosa debido a la vida licenciosa que presuntamente llevaba, lo cual incluía sus relaciones homosexuales en tiempos donde ser “maricón” (usando la palabra de la época) era abominable.

El baile de los 41 es un drama histórico, una película de época en toda norma. Hablamos de una pieza fílmica donde la parte plástica no solo está al servicio de la narrativa, sino que está integrada a la consecución de los eventos e infiere en el hacer y pensar de los personajes. El filme recrea el porfiriato con verosimilitud. Cuando de cine de época se trata y en términos estrictamente plásticos, ésta bien podría ser la cinta mexicana más ambiciosa en ese sentido desde Arráncame la vida (2008) de Roberto Sneider.

El director de la aclamada cinta Las elegidas ofrece así una experiencia visual bastante grata. Y lo mismo aplica para la parte interpretativa: Alfonso Herrera traza con bastante buen pulso la firma protagónica para el que es el mejor trabajo de su carrera cinematográfica. Herrera se convierte en la fuerza gravitatoria alrededor de la cual gira la película.

Pero Herrera no está solo en la aventura: Mabel Cadena nos da una Amada Díaz en sólida clave de melodrama; Fernando Becerril nos muestra su condición de infalible con un Don Porfirio bien ceñido al tono del filme; mientras que Emiliano Zurita se planta en escena como el objeto de deseo del protagonista.

Pues bien: tenemos una película bien aterrizada en el terreno plástico y bien actuada. La consistencia atmosférica y la uniformidad tonal surcan la película de inicio a fin. El punto flaco del filme es más bien de carácter discursivo: si bien el relato atrapa y entretiene, si bien usa con sabiduría el factor “escándalo” a su favor, si bien convierte el morbo malsano en curiosidad franca, hay algo que se siente ausente. ¿Un propósito?

No lo sé, me resulta difícil pensarla de manera rotunda como una película sobre sobre homofobia endémica y/o histórica; o un lamento sobre aceptación ausente; sobre incomprensión; sobre el prejuicio hacia la otredad, sobre la represión de una comunidad en tiempos del porfiriato. En vez de pegar en las entrañas, se siente más como un pasaje ajeno, distante, visto de lejos. La película no es particularmente trágica ni especialmente reflexiva respecto al evento que retrata. Haciendo una analogía un poco burda: la cinta nos hace llegar al infame “baile de los 41” con los zapatos bien puestos, pero con las agujetas mal amarradas, medio flojas. O con zapatillas de tacón bajo. Los gays de la película son expuestos: sus voces hacen muchos gritos, pero poco eco.

Con todo, creo que la experiencia es bastante grata. Creo, también, que puede dar pie a buenas charlas de sobremesa. O al menos buenas charlas de “zoom”, “teams” o “meets”, ajustándonos a estos tiempos tan extraños. La visita al cine vale la pena.


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En cines desde el 19 de noviembre. Un estreno de Cinépolis Distribución.