Puede ser: ★ ★ ★ ★
O puede ser:
Por Arturo Garibay

Imagina que CATS, la maltratada y despreciada película de TOM HOOPER, es una bola de estambre. Una vil y corriente bola de estambre. Pero, como eres un gato, no puedes dejar de jugar con ella. No puedes soltarla. Te sometes a ella, su textura, su circunferencia imperfecta, las fibras que se desprenden del ovillo; te entregas a la realidad de que, cuando hayas terminado de jugar, no quedará nada. CATS es el ‘kitsch‘ cinematográfico en estado puro. De modo que el mundo puede odiar CATS. Y lo entiendo. Pero a mí me encantó… aunque tal vez por las razones equivocadas. ¿O son las correctas? ¿O las ‘jelicales’?

Partamos primero de su identidad ‘kitsch‘, accidental o no. Entendemos que el ‘kitsch‘ es la estética del mal gusto, aquello que es excesivamente cursi o ramplón. Sus arrebatos y dislates llegaron a florecer incluso como un maltrecho movimiento artístico. En el ‘kitsch‘ no hay reglas. Puede apelar al color, a la forma, al tono, a la emoción… o a todas las anteriores. El ‘kitsch‘ puede ser una feria de pueblo o una ‘power ballad‘. Y sucede que CATS es incuestionablemente ‘kitsch‘, se desborda.

La experiencia de CATS es casi surrealista, además de que es un campo minado de excesos audiovisuales. A diferencia de la obra de teatro, que consigue crear una atmósfera uniforme y cohesiva frente a su público, la adaptación cinematográfica se expande y comprime caprichosamente hasta volverse delirante, aberrante. Lo paradójico es que lo anterior lo consigue con una soltura tal, que lo que podría parecer un producto sin identidad, en realidad sí la tiene. Y mucha. Y retorcida.

Son parientes de CATS otras películas del ‘kitsch‘ como XANADÚ o FLASH GORDON, en su momento vilipendiadas, todavía vilipendiadas, pero igualmente consagradas como piezas de culto. Podría pasarle lo mismo a CATS: hacer culto. Al terminar de verla no pude evitar pensar en aquella columna que aparecía en la extinta revista Movieline: ‘Bad Movies We Love‘, donde se le rendía justo tributo a esas películas tan malas que, por alguna razón, regresábamos a ellas y las volvíamos a disfrutar. Como DEL CREPÚSCULO AL AMANECER o BABARELLA, cada cual con su propia cuota de bendiciones ‘kitsch‘.

Aquí sí aplica aquella perla retorcida que reza: “es tan mala, que es buena”.

Con efectos especiales de calidad cuestionable para una producción de este nivel, una dirección de arte aberrantísima, pletórica de excesos en sus formas y en sus colores, personajes antropomórficos que más que crear una cercanía nos avientan a otra dimensión, a un lugar donde es imposible encontrar comodidad visual, CATS es una opera rock de subversión azarosa. Huelga decir que a CATS se le notan todas las costuras. De verdad, creo que Tom Hooper intentaba firmar una pieza para el gran público pero terminó facturando una joya para los raros, para aquellos freaks que encuentran deleite en lo ‘bizarro’, como yo comprenderé.

Valga agregar en este punto que actores como JUDI DENCH, IAN McKELLEN o IDRIS ELBA pueden actuar de cualquier cosa y hacerlo creíble en un contexto tan inconcebible como el de CATS, en donde el elenco tiene eslabones débiles muy claros, que no pueden con el paquete, como JASON DERULO o REBEL WILSON, a quienes les faltó fuerza y, también, desprenderse de si mismos y sus identidades públicas en pos de fundirse con la ‘felinidad’ postiza que demandaba el momento.

CATS es la Grizabella de este año cinematográfico. La industria, los críticos y una buena parte del público la ven feo, le gruñen, la empujan, la desestiman. No sin razón. CATS se arrastra en el basurero audiovisual, luce ajada por la falta de mesura y decoro de sus realizadores. Su fracaso en taquilla solo avivará su leyenda. Es por ello que consigue un brillo propio, es por ello que espera para cantar su propio encore de ‘Memory’ en un futuro en el que, con suerte, ascenderá al Edén Sideral.


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