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Por Arturo Garibay

No puedo pensar en Honey Boy: Un niño encantador sin detenerme a reflexionar primero sobre un momento particular de la película. Es una escena en la que el padre le dice al hijo que para que una flor nazca, la semilla tiene que romperse, tiene que ser destruida en su totalidad. Porque crecer es un acto violento. Y es que, si lo pensamos, la vida hace uso de varios recursos dolorosos para transformarnos: como cuando nos dieron aquella nalgada al nacer o se nos cayeron los dientes de leche o sentimos ese estrujamiento interno en el momento de besar a alguien por primera vez. Y así me pongo a pensar en que la vida nos violenta de una forma muy distinta a como nos violentamos entre nosotros cuando de manera consciente usamos esa violencia de forma exclusivamente destructiva, caótica, incongruente, despedazadora… y no transformativa.


A partir de esto, me resulta fascinante que Honey Boy sea una película donde coexisten esas dos violencias: la de vivir (o la inevitable, la que tumba las puertas) y la que entre seres humanos nos recetamos, la que se nos hereda desde los traumas de los padres (por ejemplo) y la que terminamos por ejercer sobre otros y/o nosotros mismos. Espero haberme explicado bien. En todo caso, la película lo dice mejor y eso es lo importante.

Honey Boy cuenta la historia de un joven que vive un proceso complicado de rehabilitación emocional, pues viene cargando con un pasado traumático, apuntalado en gran medida por la relación con su padre. Como un trampolín que nos impulsa desde el presente para elevarnos hacia el pasado, Honey Boy nos muestra un amor violento, una selección de anécdotas sustantivas para la maduración y cómo los caminos maltrechos también son caminos.

Escrita por Shia LaBeouf, quien utiliza la relación con su propio padre para hacer el guion, Honey Boy es también un interesante ejercicio de autoficción. En los últimos meses hemos visto varias propuestas en ese tenor en salas nacionales, aunque con tonos e intenciones distintas, como Dolor y gloria de Almodóvar o Mi último amigo de Babenco. Los tres son son relatos en los que el escritor se utiliza a si mismo como materia prima en el acto creativo pero sin el afán de la autobiografía, sino de explorarse y ejercerse a si mismo desde las posibilidades de la ficción. O, más concretamente, desde toda la verdad que se posibilita desde lo ficticio.


Qué interesante, ¿no? Que un hijo piense la relación con su padre desde la ficción. A mí el recurso de ‘autoficcionarse’ me parece de lo más intrigante. Y, regresando al inicio de este texto, no puedo pensarlo más que como un acto violento también.

En Honey Boy se entreteje así el discurso de una suerte de coming of age, pero también la importancia de la recapitulación de la infancia, de las pisadas de la juventud, de la imponencia de lo paterno. Es una película sobre hacer las paces: entre el pasado y el presente, entre yo y el otro, entre yo y mi reflejo.

Por otra parte, valga la pena subrayar que la cineasta Alma Har’el, directora del imperdible documental Bombay Beach, nos entrega un trabajo de ficción articulado con bastante soltura, con mucha franqueza y bastante bien emplazado. En un escenario en el que el trabajo como guionista de LaBeouf se ha convertido en el eje mediático de la película, Har’el encuentra los emplazamientos y miradas correctas para llevar el relato a un terreno más allá de recuento particular del escritor para darle una dimensión cinematográfica, universal. Mucho de esto proviene del montaje de la cinta y también del trabajo de Har’el con su elenco, que no tiene desperdicio. Lucas Hedges parece no conocer las fisuras interpretativas; Shia LaBeouf se ejercita puntualmente en cada espacio; y el joven Noah Jupe deja patente lo que sabíamos desde Extraordinario y Un lugar en silencio: que no es un niño estrella, sino un actor en toda regla.


A través de todo esto es que Honey Boy habla sobre lo propio (lo tuyo, lo mío, con un afán íntimo) pero en los términos de una historia ajena. Se ve con la audiencia, que parece llevarse una reflexión personal a partir de un relato de alguien más.

Otra cosa interesante y que dejo casi a modo de colofón es que hacia el cierre de la película (obviamente NO voy a contar en qué termina la película) hay un reconocimiento de la ficción hacia la realidad, un reconocimiento que funciona en un nivel casi metafílmico: Una idea sobre la generosidad de la ficción respecto a lo que nos permite hacer con la vida y con todo aquello que es intrínsecamente humano.

Honey Boy es una semilla rota y florecida.