En Monstruo de Xibalbá, ya en cines, la directora y guionista Manuela Irene entrega una de las aproximaciones más sugerentes a la infancia, el misterio y la muerte dentro del cine mexicano reciente. Su película sigue a Rogelio, un niño de ocho años que vive un verano decisivo en un pequeño pueblo de Yucatán, donde sus obsesiones, sus miedos y su imaginación abren un portal hacia un universo tan sagrado como inquietante.
La historia parte de una premisa luminosa y oscura a la vez: Rogelio —constantemente solo y criado por su niñera Eduarda— encuentra refugio en en lazo que va tejiendo con un anciano enigmático al que llaman “el monstruo de Xibalbá”. Acompañado por sus amigos Lucio y Juanito, el niño lo espía, lo confronta y, en el proceso, vive una aventura que transforma su percepción de la vida y la muerte.
Para Manuela Irene, la muerte —en todas sus formas— acompaña cada rincón de la película. Pero su presencia no responde a una búsqueda literal ni didáctica, sino a una sensibilidad construida desde la mirada del niño. “Es algo que está planteado desde la obsesión del personaje”, explica. La directora cuenta que uno de los pilares creativos para desarrollar esta atmósfera fue la música de Silvestre Revueltas, en particular la pieza La noche de los mayas: “Desde el principio sabía que quería esa pieza. Hay misterio, hay folclor, hay un tono que remite a un México del pasado”.
A partir de esa base musical, ella y el compositor Tomás Barreiro —autor de la banda sonora original— construyeron una identidad sonora que empuja al filme hacia lo épico, lo ritual y lo profundamente sensorial. “Silvestre Revueltas nos dio la emoción inicial… y Tomás llevó esa esencia a un lugar increíblemente creativo”, recuerda Irene. La música, dice, no sólo enmarca el misterio sino que guía la experiencia del espectador hacia esa transición de lo cotidiano a lo sagrado.
Barreiro no sólo tomó como punto de partida a Revueltas, sino que exploró con libertad influencias y texturas provenientes de la marimba del Pacífico, sonidos acuáticos, atmósferas rituales y elementos que evocaran tanto misterio como alegría. En secuencias clave —como las caídas en el cenote— la directora recuerda haber pasado por numerosas pruebas musicales hasta hallar una pieza que equilibrara peligro, emoción y belleza.
UN MUNDO NUEVO PARA ROGELIO
Uno de los elementos más potentes de la película es la sensación de cruce entre dos universos: el territorio urbano desde el que parte Rogelio y la comunidad rural, cargada de espiritualidad y tradición, donde transcurre su verano. Durante la entrevista, decido comentarle a la realizadora que, para mí, hay un momento de la experiencia que se siente como «cruzar un umbral de lo cotidiano a lo sagrado». Para la directora, fue algo que surgió de manera muy orgánica durante el rodaje: “Nunca me habían dicho lo del mundo sagrado, pero es muy bonito. Sí se pensó así. Quería un niño que conoce cierta realidad y entra a un mundo nuevo”.
Irene reconoce que ese tránsito tiene un parentesco inesperado con Alicia en el país de las maravillas. No fue su intención desde la escritura, pero al ver la película ya terminada notó la estructura de “viñetas” que van revelando seres, criaturas, sorpresas y transformaciones: “En pantalla dije: esto es Alicia. Y era una película que me obsesionaba de niña”.
Yucatán, donde filmó la totalidad del proyecto, fue clave en esa construcción espiritual. Antes de rodar, la directora realizó múltiples viajes al estado, observando paisajes, fiestas, caminos, cenotes, colores y rituales que pudieran alimentar la estética del filme. “Siempre estaba pensando qué elementos podían alimentar este misterio”, dice. Yucatán se convirtió en un nodo emocional para ella: su padre, de hecho, interpreta al personaje central que da nombre a la película. Su vínculo con la región se transformó en una relación afectiva profunda que terminó moldeando el imaginario visual de la cinta.
CÓMO SE CONSTRUYÓ EL MISTERIO
La fotografía de Damián Aguilar aporta una iconografía poderosa y una proximidad que permite sentir el universo desde la perspectiva infantil. La directora, que ya había colaborado con él en dos cortometrajes, buscó una continuidad creativa en esta nueva aventura. “Cuando encuentras una colaboración fuerte, la sostienes. Él conocía muy bien la historia”, explica.
Si bien el director de fotografía imaginaba inicialmente un tratamiento más naturalista, el rodaje fue inclinándose hacia una estilización intuitiva. Parte de esa estética nació durante las pruebas de lentes en Polanco, antes de viajar a Mérida. Al probar lentes de ópticas vintage con aberraciones distintivas, Irene supo de inmediato que ese debía ser el look del filme: “Fue inmediato: así quiero que se vea la peli”. La elección reforzó la textura fantasmagórica del caballo que aparece como visión, los recorridos nocturnos, la selva, los rostros cercanos y la sensación de habitar un territorio entre lo real y lo mitológico.
Para Manuela Irene, Monstruo de Xibalbá es más que una película sobre la muerte, trata sobre la forma en que los niños transforman el miedo en curiosidad; sobre cómo lo desconocido puede convertirse en una puerta hacia lo que hay que descubrir y encontrar; y sobre la importancia de mirar más allá de lo obvio. Es un relato que combina folclor, espiritualidad, humor y épica para construir un universo tan íntimo como encantado.
La directora espera que el público salga del cine con la misma mezcla de asombro y apertura que Rogelio experimenta en su viaje. “Creo que quería un niño que entra a un mundo nuevo… y que el espectador entre con él”, dice.
Monstruo de Xibalbá ya está disponible en cines de México.
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REDACCIÓN: TOPCINEMA / ENTREVISTA: ARTURO GARIBAY


