La escritora uruguaya Carolina Cynovich estuvo de visita en México para acompañar la reedición de su novela El síndrome de las ciudades hermosas, un libro que entrelaza literatura, cine y otras artes a través de la historia de Julián Molina, un traductor que se adentra en el universo cinematográfico. En conversación con TOPCINEMA, la autora compartió —con honestidad y entusiasmo— cómo nació esta obra, cuál es su relación con el cine y cómo vive el proceso de escritura.
Lejos de tratarse de una novela pensada únicamente para cinéfilos, El síndrome de las ciudades hermosas propone una experiencia de descubrimiento. Y eso no es casual: la propia autora se colocó en ese lugar cuando comenzó a escribirla.
“Mi medio siempre fueron las palabras”
La idea de situar la historia dentro del mundo del cine surgió en una etapa muy específica de su vida. “En la época en la que escribí esa novela estaba estudiando comunicación audiovisual”, recuerda Cynovich. Tenía materias de cine, ficción e historia del cine, y asistía a rodajes. Sin embargo, había algo que tenía claro desde el principio: “A mí en realidad lo que siempre me gustó fue escribir. Mi medio fueron siempre las palabras y la ficción escrita”.
Mientras aprendía sobre directores y procesos cinematográficos, no sentía necesariamente el impulso de filmar, sino de narrar ese universo. “Más que tener ganas de hacer películas, lo que me daban ganas era describir una historia dentro del mundo de las películas”, explica. Le fascinaban las anécdotas excéntricas de los realizadores, sus obsesiones, la intensidad casi mítica con la que se hablaba de ellos.
“Siempre que se hablaba de los directores de cine se contaban historias un poco extrañas, artísticas, exageradas… y a mí eso me encantaba”, afirma. Esa fascinación, sumada a la experiencia práctica de los rodajes, fue el germen de la novela. Así decidió “inventar un mundo dentro de ese mundo”, construir una ficción que dialogara con todas esas historias y con el propio acto creativo.
La sinergia entre literatura y cine, para Cynovich, es natural. Ambas artes son “formas muy ricas para la imaginación, para dejarla volar y para contar historias”. Y en el centro de todo están precisamente las historias: “Al final es lo que a todos nos encanta”.
La autora subraya que, mientras en la literatura “todo lo que estás leyendo se hace real en tu imaginación”, el cine suma la imagen, la fotografía, el color, el arte, e incluso algo de lo teatral. Pero lejos de competir, ambos lenguajes se alimentan mutuamente. “Son buenos lenguajes para intercambiarse”, señala. No es extraño que un libro llegue al cine y, aunque no sean idénticos, resulten dos obras valiosas por sí mismas.
En su novela, esa influencia cinematográfica se traduce en una prosa de fuerte impronta visual. “Trat é de utilizar eso de lo visual del cine, por lo menos en las descripciones”, explica, buscando trasladar esa potencia de la imagen al terreno de la palabra escrita.
“Primero está el impulso de la historia”
Uno de los aspectos más interesantes de El síndrome de las ciudades hermosas es que no exige conocimientos previos sobre cine. El lector puede entrar al relato sin haber pisado nunca una sala especializada o un rodaje. Eso responde directamente a la construcción del protagonista.
“Es el narrador, Julián Molina, que como bien dijiste es un traductor que entra en el mundo del cine”, comenta Cynovich. Se trata de un hombre que viene del universo de las letras, que recita poesía y vive rodeado de libros. “Ingresa en el mundo del cine sin saber nada”, subraya. Por eso, el lector puede compartir ese asombro. “Podés no saber nada de cine, igual que Julián Molina, e ingresar en ese mundo y descubrirlo como algo maravilloso”.
La experiencia del personaje tiene un eco autobiográfico. Cuando la autora comenzó a estudiar cine, ella misma venía del ámbito de la lectura y la ficción escrita. Descubrir ese nuevo territorio artístico implicó un juego, una mezcla de lenguajes que terminó filtrándose en la novela.
Esa mezcla no se limita al cine. A lo largo del relato emergen la música, el teatro y otras expresiones artísticas. ¿Fue algo planificado? Cynovich lo niega: “La verdad es que fue surgiendo a medida que lo iba escribiendo”. No hubo una decisión programática de incluir todas las artes; simplemente “esa fascinación estaba toda mezclada” en ella.
Cuando se le pregunta por su proceso de escritura y el lugar del lector, la autora ofrece una respuesta clara: “Yo creo que lo primero que aparece es el impulso de la historia”. Antes que pensar en el público, lo fundamental es descubrir qué quiere contar y cómo hacerlo. “Qué es lo mejor al servicio de esa historia”, insiste.
Hay decisiones previas —si es un libro para niños o adultos, si será poesía o prosa—, pero una vez elegido el formato, el compromiso es con el relato mismo. “En el momento de escribir, más que el lector está el personaje”, afirma. Lo central es preguntarse cuál es el mejor siguiente paso para la historia, cómo resolver cada momento del arco narrativo.
El lector, en todo caso, aparece después. “El público va a aparecer luego, al que le interese”, dice con franqueza.
Hoy, con la novela reeditada en México, ese público ya es una realidad tangible. En su primera visita al país, Cynovich se ha mostrado sorprendida por la magnitud de los espacios literarios, como la Feria del Libro del Zócalo. “Es enorme. Nunca había estado en una feria tan grande”, comenta, todavía asombrada por la cantidad de carpas, libros y lectores apasionados.
Para ella, este intercambio es una extensión natural de la escritura. “Me encanta hablar con los lectores, que me puedan escribir e intercambiar impresiones”, confiesa. Si la novela nació del impulso íntimo de contar una historia, hoy se completa en el diálogo con quienes la leen.
Con El síndrome de las ciudades hermosas, Carolina Cynovich no sólo construye un relato ambientado en el cine, sino que reivindica el poder de la imaginación y el cruce de artes. Y lo hace, fiel a su convicción, desde el lugar que siempre sintió como propio: las palabras.